EDITORIAL

Del valor de las cosas…


Por una vez, el XXXVIII Foro económico mundial de Davos no habrá sido escenario de enfrentamientos entre alter mundialistas y defensores del liberalismo. Bien al contrario, las preocupaciones expresadas por los ponentes (George Soros, 33ª fortuna estadounidense) sobre la crisis de los mercados monopolizaron los debates y coincidieron con cierta frecuencia con los propósitos de aquellos que rechazan la lógica económica de la globalización.
Hay que decir que los contragolpes de la crisis financiera, que estalló en agosto de 2007, no dejan de amplificarse. Las recientes desventuras de la SOCIETE GENERALE dan crédito a los que suelen calificar los productos derivados como « armas de destrucción masiva ». Que un solo hombre sea capaz de anular un año entero de resultados en un mercado organizado y controlado es algo que supera cualquier entendimiento.
El papel de los bancos centrales es el blanco de las críticas de los que señalan desde ahora su falta de eficacia en lo relativo a la economía mundial. Sin embargo, son ellos mismos los que alababan el año pasado el éxito de este mundo sin fronteras ni controles excesivos.
Estas críticas nos dejan un sabor de "déjà vu". Ya en 1987, tras la brutal caída del Dow Jones del 22,6% sólo en la jornada del 19 de octubre, se señalaba con el dedo la utilización de los productos derivados y la debilidad de la Reserva federal.
Las crisis siempre acarrean una multiplicación de las reformas: en 1992 se vislumbra la supresión del Mercado Secundario tras dos años de marasmos bursátiles, la supresión provisional de los “nuevos” mercados tras el estallido de la burbuja tecnológica, e incluso la ley Sarbanes-Oxley, que obliga a los empresarios americanos a certificar personalmente las cuentas tras el escándalo ENRON de 2002 (63 Md$ evaporados en un mes).
La contabilidad también da, por su parte, grandes saltos hacia adelante al ritmo de las crisis financieras y bursátiles: la adopción de las normas IFRS (International Financial Reporting Standards) se ha visto ampliamente acelerada por la crisis de los años 2000/2002 y los escándalos subsiguientes (¿se acuerdan de WORLDCOM ?). Su puesta en marcha desde el 1 de enero de 2005 es hoy en día la pesadilla de los banqueros y de los aseguradores, que se ven obligados a determinar el “precio justo” de todos sus activos. Una tarea nada fácil cuando el activo en cuestión no cotiza y cuando el pánico domina a los inversores.
La crisis financiera que estamos viviendo está vinculada a esta obligación para los establecimientos financieros de tener en cuenta un valor real y serio. “La cotización en un mercado activo constituye, cuando existe, la mejor evaluación del valor justo. En ausencia de mercado activo o de cotización, utilizaremos técnicas de valoración internas con un back-testing“. Todo está dicho. Nuestros mercados de acciones donde los cursos se ajustan (a veces brutalmente…) en permanencia tienen el inmenso mérito de poner a todos los inversores en el mismo nivel de igualdad de información, donde cada uno puede asumir su riesgo con todo conocimiento de causa. Al contrario, los otros mercados (la mayor parte de los nuevos productos con nombres bárbaros de tipo CDO, CDS, SIV), nutren con su opacidad la inquietud y el pánico de los inversores que no tienen acceso a la información.
En junio del año pasado, nos preguntábamos quién asumía el riesgo». La pregunta era pertinente, pero la respuesta era errónea. Creíamos que los bancos habían “desintermediado” sus riesgos, pero estamos obligados a aceptar que no lo habíamos entendido bien el riesgo sigue perteneciendo a los que prestan, y su coste está directamente vinculado a su falta de transparencia.
Pero mantengamos la calma, la aceleración de las declaraciones de pérdidas y de refinanciaciones de balances de los bancos (más de 100 Md$ en los cuatro últimos meses) sigue el buen camino: la nivelación es brutal, pero los balances pronto serán “sinceros”. Entonces, miremos el lado positivo de este periodo: los mercados de crédito se volverán a poner en marcha gracias a la bondad de los bancos centrales, las oportunidades a “precio justo” se multiplicarán en los mercados de acciones y el riesgo se verá extremadamente bien remunerado. ¡Y sabremos sacar partido de ello!

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